domingo, 15 de octubre de 2017

Lita Cabellut

Con una expectación previa, generada por los media, que nos dio noticia de una artista, de vida cuando menos diferente a lo habitual entre artistas, gitana, ya famosa y afincada en Holanda, y que además ofreció comentarios certeros e inteligentes en las entrevistas concedidas, fuimos a verla esperanzados y dispuestos a admirar esa fuerza que se adivina en las reproducciones que habíamos podido ver. Hay que contar con las espectaculares salas de la Fundación Vila Casas, que acogen la muestra y permiten que luzcan los formatos enormes de las obras. Pasaré de largo las piezas tridimensionales que me parecieron puramente ornamentales. Esos óleos que recuerdan tanto a Goya como a Caravaggio en una revisión muy valiente y arriesgada tienen, para que negarlo, una fuerza y un colorido muy efectivos. Pero, si nos acercamos un poco más, el sustrato fotográfico nos parece innegable, restando cualidad pictórica y también interés a las obras. Con ese procedimiento, por otra parte nada nuevo, Lita Cabellut pierde una parte muy importante de lo que podría resultar de su trabajo, por otra parte tan interesante. En el gran óleo que se exhibe en la entrada, estas muletas no son tan aparentes, o tal vez no existan; es una obra fuertemente goyesca pero no por ninguna reminiscencia, sino por su dramatismo y libertad de factura. Esta pintora reitera recursos técnicos como son los craquelados o la inclusión de pequeños puntos en relieve, que le permiten omitir un trabajo más fresco de pincelación y texturas. Nos gustaría ver otras obras, dibujos, por ejemplo, formatos menores que no permitan ese falso "fa presto". Y eso porque nos parece que en su potencial tiene aún mucho que explorar, y que podría llegar a ser lo que muchos creen que ya es.