jueves, 28 de diciembre de 2017

Wonder wheel

Después de unas cuantas películas insulsas repitiendo la misma fórmula, Woody Allen hace un esfuerzo, (aunque aparentemente no lo sea), sacándose de la manga un film extraordinario, esplendoroso y conmovedor, donde sus actores brillan y  la narración fluye, siempre con el ritmo adecuado, en una historia dolorosa, en la línea de otras películas en las que el director ha meditado sobre las mujeres. No me extenderé sobre el trabajo, fuera de cualquier defecto, de todos los actores, sobretodo de los que conforman el núcleo familiar, un trío perfecto que oscurece un poco al narrador de la historia, que tal vez de modo intencionado nos parece algo banal y poco intenso. Lo más brillante de todo es el ambiente; los escenarios que ofrecen un contraste agridulce entre la vida del ocio y los sacrificados hombres y mujeres que la hacen posible. La visión de la noria desde el hogar de los protagonistas, una especie de barraca llena de ventanas bastante miserable, pone el contrapunto a la tragedia que se va desarrollando en su interior. Tanto el color como el ambiente casi siempre gris de la playa, de las calles llenas de restaurantes, donde ellas abren ostras luchando con sus ambiciones y sueños, como la música, siempre uno de los logros en los filmes de Allen, conforman un poema agrio y melancólico que desemboca en tragedia, ya con una intencionalidad teatral que culmina con ese gran monólogo grandioso que pone a Kate Whinslet en el podio de las grandes trágicas. Ridícula con su vestido de diva barata, desgrana su dolor paseando por su estrecho hogar. Cuando Woody Allen se pone en serio a trabajar, es capaz de lograr joyas inolvidables.
No os la perdáis.